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Un viaje a las ruinas de Venezuela

Detrás de las noticias de un país en llamas hay ciudadanos que no consiguen qué comer, que evitan salir a la calle y que gastan sus sueldos en el pasaporte que les dará la llave de la libertad. Un periodista de El País viajó a cubrir un partido de fútbol y esto fue lo que se encontró.

Protestas en Venezuela. / Foto: Reuters.

Un viaje a las ruinas de Venezuela
27 de mayo de 2017 - 13:02

Gente que no tiene dinero para comer. Jóvenes que quieren juntar dólar por dólar para irse del país. Niños que preguntan constantemente a sus padres qué es lo que pasa. Alimentos que escasean al igual que la libertad, un presente desastroso y un futuro incierto pintan el panorama actual de Venezuela.

Desde hace un mes y medio, cuando se desató la protesta opositora en las calles, más de 50 personas murieron y decenas desaparecieron. Estas noticias recorren el mundo, pero la información de lo que realmente pasa se oculta o se censura. Los venezolanos utilizan más las redes sociales (Twitter, Facebook y WhatsApp principalmente) que los medios de comunicación para informar, coordinar y pactar sus movilizaciones porque, de lo contrario, nadie se entera.

En medio de ese contexto, El País viajó a Maracaibo para cubrir el partido que Nacional de Montevideo jugó frente a Zulia el martes 16 por la Copa Libertadores de América y, dentro de las posibilidades de un clima hostil, recorrió algunas calles, recogió testimonios y vivió de cerca una realidad devastadora.

Así y todo, la tercera ciudad más importante de Venezuela le dio un caluroso recibimiento a la delegación tricolor que incluía jugadores, cuerpo técnico, dirigentes y tres periodistas.

“Bienvenidos. Es un placer tenerlos aquí. Siéntanse como en su casa. Estamos para servirlos”, fueron las primeras palabras que se escucharon al bajar del avión en el Aeropuerto “La Chinita”, una pequeña terminal aérea venida a menos, bastante precaria, sin obras a la vista y con escaso tráfico.

La vocera era Ingrid, directora de Deportes del Gobierno Bolivariano del Estado de Zulia. En ningún momento se desprendió de la delegación y junto a ella trabajaron unas 10 personas. El objetivo era claro: que el contacto con el mundo exterior fuera mínimo y si acaso se generaba algún problema, ella o sus colaboradores estarían para resolverlo.

El arribo a Maracaibo sucedió a las 6:30 horas del lunes 15. Los trámites migratorios llevaron minutos dada la celeridad del personal. Afuera esperaban cuatro vehículos. Un ómnibus para los futbolistas y el cuerpo técnico, otro para los dirigentes, un minibús para los periodistas y uno más para los asistentes de la delegación: Ingrid y su grupo de compañeros.

En alrededor de 40 minutos, escoltados por una camioneta militar y dos motos que iban abriendo el paso, el grupo de uruguayos recorrió unos 20 kilómetros y llegó al Intercontinental Hotel, pero no fue fácil. Para ese día el pueblo venezolano tenía previstas varias movilizaciones a lo largo de todo el día. Desde antes de las 7:00 de la mañana había gente reclamando por sus derechos de manera pacífica, pero el tránsito comenzaba a tornarse imposible.

La caravana que trasladaba a los uruguayos sufrió una interceptación en la entrada a una autopista. Un puñado de venezolanos había cortado la calle e impedía el pasaje de vehículos, salvo de quienes se dirigieran a sus trabajos o estudios.

Luego de cinco minutos de diálogo entre los militares y los manifestantes que llevaban consigo algún distintivo de Venezuela (remera, camiseta de fútbol, un gorro o bandera), los vehículos lograron seguir su camino.

El recorrido permitió ver la cara más fea de una ciudad que tiene unos cuatro millones de habitantes. La basura desparramada por todos lados inunda las calles. Los grupos de manifestantes se repiten con cánticos, gritos, pancartas y un fin en común: hacerse escuchar.

Foto: AFP.

No salgan a la calle

“Aquí dentro no les va a pasar absolutamente nada. Estamos nosotros, están los militares. No se preocupen. Eso sí, no salgan a la calle, y menos solos”. Esas fueron las palabras de bienvenida de José Carlos, uno de los trabajadores del Gobierno Bolivariano de Zulia que recibió a los uruguayos dentro del hotel. “Afuera está todo mal. La gente está desesperada por dinero y por comida y es capaz de hacer cualquier cosa para conseguirlo”, explicó.

La advertencia desestimulaba la posibilidad de hacer locuras o patriadas innecesarias en Maracaibo, pero las ganas de saber qué pasaba afuera eran incontenibles. Según los militares que custodiaban el hotel —expresamente por la llegada de un equipo de fútbol para jugar un partido—, la situación en las calles era “normal”. Claro que ellos intentaban dar la menor información posible.

Otros ratificaban las palabras de José Carlos. “Está todo muy mal. La gente está desesperada por dinero para poder comprar comida o irse del país. No salgan del hotel, y si lo hacen tengan muchísimo cuidado porque se dan cuenta de que son extranjeros y les puede pasar de todo”, dijo un empleado del Intercontinental.

En los supermercados escasean los alimentos de primera necesidad, en las farmacias faltan los medicamentos e ir a comer a un restaurante puede salir tres o cuatro veces más de lo normal, aun con un menú incompleto por falta de materia prima.

Así las cosas, las recomendaciones para los visitantes son claras: evitar andar en la calle, no usar el teléfono celular allí ni sacar dinero a la vista; tampoco parar taxis en la vía pública porque “quién sabe dónde se puede llegar a terminar”. Los robos son constantes y la violencia está a flor de piel.

La gente se las tiene que ingeniar para poder conseguir los alimentos básicos porque las compras están limitadas. Una persona puede obtener un solo producto en un supermercado. Entonces, cuando saben que hay stock, las familias numerosas marchan todas hacia el local para poder llevarse la mayor cantidad posible.

“Hace no más de 10 años nos sobraba la comida. Hoy nos falta y lo sufrimos muchísimo. Es incomprensible cómo hemos llegado a este punto en un país que tiene todo para estar bien. Aquí haces un pozo y sale petróleo, oro o lo que quieras. Hay riqueza, pero estamos sumergidos en la pobreza”, contó José Carlos. Hoy no hay arroz, pastas, aceites, harinas ni azúcar, y cuando esos productos llegan a los supermercados se forman largas colas. La gente se desespera y pueden llegar a desencadenarse discusiones y peleas, porque nadie quiere quedarse sin alimentos.

Pagar para volar

Boris es argentino y hace unos 15 años que vive en Venezuela. Llegó, consiguió trabajo y se asentó en Maracaibo. Es el encargado de mantenimiento del hotel y su sueldo asciende a 16 dólares mensuales (menos que un salario mínimo, que actualmente está en unos 22 dólares). Con eso apenas logra sobrevivir dos o tres semanas como mucho y luego tiene que hacer malabares.

Un periodista venezolano que llegó a Maracaibo para cubrir el partido entre Zulia y Nacional desde San Cristóbal, contratado por una radio uruguaya, renovó su pasaporte para poder emigrar junto a su novia ni bien junte el dinero necesario. Contó que debió pagar algo así como 10 sueldos mínimos, más de 220 dólares, para lograr la renovación y estar en regla a la hora de irse del país. “Cuando lo recibí fue como celebrar un gol en una final”, expresó. Además tuvo suerte, porque enseguida que terminó el trámite, el gobierno hizo que se enviara un mensaje desde el sistema para que la renovación de pasaportes no estuviera disponible.

A César Miguel Rondón, uno de los periodistas más reconocidos de Venezuela, le quitaron su pasaporte y se lo anularon mientras estaba por viajar a Miami a dar una charla sobre la situación de su país. El presidente Nicolás Maduro lo nombró en cadena nacional la noche antes y no pudo irse. Al gobernador de Miranda, opositor y rival de Maduro y Chávez en las últimas elecciones, Henrique Capriles, también le revocaron el pasaporte saliendo del país. Se dirigía a Nueva York para dar una conferencia ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Por lo general esto sucede con representantes importantes de la oposición y al ciudadano común no debería pasarle nada, pero nadie se quiere arriesgar. “Cuando me vaya no voy a asumir el riesgo de que me quiten el pasaporte y cruzaré la frontera con Colombia a pie”, contó el periodista que, tras el partido, debió quedarse cuatro días más en Maracaibo debido a la situación de su ciudad y los problemas en las rutas.

Tampoco fue tan malo. El viernes 19 jugaban Zulia y Táchira, club de San Cristóbal, y como el partido no era televisado aprovechó, trabajó y pudo hacerse de unos bolívares más, por lo menos para pagarse el regreso a su casa.

“Lo hago para ahorrar mi plata, pero yo quiero estar con mi familia. Les mandé dinero pero no han podido conseguir comida. No llega nada desde hace más de un mes y medio, cuando comenzaron las protestas”, lamentó.

Así está hoy Venezuela, un país que tiene una gran variedad de riquezas para sobrellevar el día a día, pero que está inmerso en una crisis política, social y económica que se respira en el aire. Muchos quieren irse ya y buscan todos los medios posibles para hacerlo cuanto antes porque no soportan más. Otros optan por quedarse, luchar, hacerse escuchar y cambiar una realidad que asusta. El tiempo dirá qué le depara a esta tierra.

Un minuto de silencio para recordar a las víctimas

Desde que la situación política y social de Venezuela comenzó a agravarse, los jugadores de fútbol de todos los clubes menos de los chavistas Deportivo Táchira y Zamora, comenzaron a hacer un minuto de silencio antes de los partidos. Los futbolistas tomaron la iniciativa sin la autorización de la Federación Venezolana de Fútbol y a pesar de la prohibición expresa del régimen de Nicolás Maduro. Hasta los medios han censurado este acto. El objetivo es solidarizarse con las personas fallecidas y desaparecidas. Previo al inicio del encuentro entre Zulia y Nacional, Juan Arango (capitán del equipo local) se acercó a los jugadores de Nacional para explicarles la situación y los tricolores accedieron, algo que los locales agradecieron.

Los jóvenes hacen fiestas en sus casas o en hoteles

En este contexto de caos, algunos jóvenes venezolanos optan por no salir de sus hogares, pero la mayoría busca alternativas para pasarla bien. María cumplía 21 años y con un grupo de ocho amigas se instaló en el Intercontinental Hotel para festejar. “Vinimos porque salir a tomar algo a un bar o ir a bailar no estaría siendo muy seguro y no queremos arriesgarnos”, contó la joven que junto a sus amigas disfrutó de las bondades de un complejo con piscina, bar, varios restaurantes a la carta, gimnasio, sauna y hasta una discoteca.

Seis hinchas de Nacional se la jugaron al viajar a Maracaibo para ver al club de sus amores. Pasaron por Caracas y allí vieron la cruda realidad: “No estuvo bueno ir ahí. La Policía te para, te pide plata, si no te saca el pasaporte y ya no te podés mover para ningún lado. Las calles están imposibles. No fue buena idea ir, la pasamos mal”, relató Dilan. Pero en Zulia recorrieron playas “paradisíacas” y salieron a bailar. “La zona a la que fuimos estaba llena de boliches y con mucha gente. Por cómo está la situación acá pensamos que no iba a haber nadie, pero nos sorprendimos”, contaron. Igual, fue “el viaje más peligroso” que han hecho hasta ahora.

Con información de Diario EL PAÍS. Por Enrique Arrillaga.

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