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5 películas que demuestran que el género del terror aún nos puede quitar el sueño

El crítico Jürgen Müller escribió en una ocasión que el cine es una mezcla de nostalgia y referencia, que crea un espectáculo que resulta familiar para el espectador. O lo que es lo mismo, el público preferirá  disfrutar de historias que sean similares a las que atesora y forman parte de su imaginario personal.
5 películas que demuestran que el género del terror aún nos puede quitar el sueño
12 de julio de 2017 - 16:53

Cualquiera que sea el caso, el cine es un reflejo de la cultura y, por supuesto, también una mirada persistente sobre la historia creativa y la historia de la estética que ha cambiado junto con la sociedad.

No obstante, de vez en cuando surgen experimentos exitosos que no sólo renuevan la perspectiva del terror actual, sino que brindan un aire experimental que se agradece. Algunas apuestan por revisar fórmulas antiguas y dotarlas de elementos novedosos; pero la mayoría reflexiona sobre el rostro del terror, sobre lo contemporáneo y lo que verdaderamente aterroriza a la sociedad contemporánea.

En el último lustro hemos podido disfrutar de películas que han roto el peso de la nostalgia para crear algo completamente nuevo y que han renovado el género para dejar atrás los refritos que han estancado al cine. A continuación te compartimos las cinco mejores películas de terror que nos han demostrado que todavía se puede hacer algo nuevo en el séptimo arte.

1. “It Follows”  (Mitchell, 2015)

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David Robert Mitchell ya había mostrado su habilidad para analizar ciertas pulsiones emocionales invisibles en su atípico filme “The Myth of the American Sleepover” (2010); y quizá por ese motivo recrear un escenario de terror insólito le resultó tan efectivo en su obra posterior. En “ It Follows” repite la noción sobre el vacío existencial y los terrores que se ocultan en la sombra, a los cuales añade un elemento sobrenatural que nos toma por sorpresa. No sólo se trata de miedo, sino de algo más ambiguo e inquietante. Los terrores que acechan en lo cotidiano se mezclan con la percepción sobre el individuo. Mitchell no intenta analizar el hecho de lo sobrenatural desde la lógica; el mal carece de rostro —o más bien adquiere muchos rostros—, y avanza en la historia como un mecanismo de destrucción de enorme eficacia. El guión juega con la idea de lo epidémico, y la muerte se convierte en una suerte de castigo. La criatura tiene los atributos de un veneno que se prende de uno de los instintos más básicos del ser humano: el sexo. El filme reconstruye los códigos del miedo, y se inclina por una narrativa lenta que no se prodiga demasiado en dar explicaciones. Encuentra en el enigma —cada vez más complejo— su mejor recurso para aterrorizar.

2. “La autopsia de Jane Doe” (Øvredal, 2016)

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Øvredal no es un director sencillo de comprender: su extraña filmografía abarca todo tipo de registros y parece más interesado en la experimentación argumental que en labrarse un estilo narrativo. Con todo, esa necesidad de avanzar desde puntos de vista comunes para crear un nuevo tipo de propuesta le ha dado la oportunidad de comprender el cine como un juego de símbolos. En “The Troll Hunter” (2011) utiliza el manido recurso del found footage para darle una vuelta de tuerca al género de fantasmas a través de una percepción bien construida. La habilidad del director para mezclar líneas argumentales brinda a su trabajo una narrativa refrescante. En “La autopsia de Jane Doe” esa tendencia hacia la fragmentación de la historia es más obvia que nunca; a través de largos y silenciosos planos amplios se analiza lo terrorífico como una alegoría. Øvredal medita sobre la muerte a través de hilos difusos que combina con el horror folk y el thriller; logra crear una atmósfera malsana y perversa que gana efectividad y brillo a medida que avanza la película. “La autopsia de Jane Doe” es un vistazo hacia la frontera entre la realidad y lo que acecha más allá, tan cerca y evidente por momentos.

3. “Get Out” (Peele, 2017)

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Esta es la primera incursión en el cine de terror de Peele. Tiene una trama sencilla, o mejor dicho, aparenta serlo y quizás ese es su mayor triunfo. Durante el primer acto, la película rinde homenaje al cine clásico en sus escenas impecables y la cámara que observa todo desde una distancia prudente. No obstante, todo se transforma con enorme rapidez a partir del segundo acto, el escenario se transforma en una visión del horror que surge de la propia naturaleza humana y de la violencia que se oculta bajo los rituales y las tradiciones. Con ciertas reminiscencias a “La Lotería” de Shirley Jackson, “Get Out” logra balancear elementos aparentemente disímiles: terror, humor y crítica social. Nada en este filme es lo que parece; debajo de los rostros sonrientes y los lugares habituales de una normalidad ensayada existe en realidad un escenario quebradizo lleno de suspenso, el miedo como una forma de sustrato que se desliza debajo de lo cotidiano.

4. “The Witch” (Eggers, 2016)

the witch

A estas alturas nadie duda que la película de Robert Eggers es quizás una de las mejores películas de terror de la última década. El filme es una renovación del lenguaje fílmico; quizás el mayor logro es su abandono de los clichés habituales sobre la figura de la bruja, la magia y los demonios. Fiel exponente del terror folclórico, “The Witch” evita los terrenos comunes del género y se alimenta de tradiciones judeo-cristianas para crear una atmósfera verosímil, una agreste, tenebrosa y espesa visión del bosque atávico. Con un manejo de escenas sutil y evocador, Robert Eggers crea una propuesta que se nutre de todo tipo de símbolos y metáforas hasta construir una reflexión sobre lo que nos asusta y por qué nos asusta. El miedo se transforma entonces en un rasgo humano, una interpretación de la realidad. Si bien la obra de Eggers no es la primera en meditar sobre la bruja como elemento simbólico cultural, su filme es una gran aportación al género.

5. “The Babadook” (Kent, 2014)

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Desde la concepción de una fábula macabra, la directora y guionista Jennifer Kent analiza la noción del horror desde la fantasía. Esta noción se transforma en un reflejo de los dilemas existenciales, el dolor, los traumas emocionales y una catarsis de la violencia. Kent evade lo sencillo, y es justo esa complejidad la que convierte a “The Babadook” en algo aún más retorcido que una metáfora sobre el miedo. La directora avanza hacia nociones más brutales sobre el odio, el rencor e incluso conflictos sobre la maternidad. Además, Kent está muy consciente de que el miedo es algo más profundo que un monstruo de pesadilla. La cámara observa el progresivo desplome emocional de los personajes desde una distancia dura y fría; analiza el trayecto hacia la locura desde una óptica casi cínica. Cada elemento en este filme está calculado y construido para añadir capas de significado a la historia, que de otra manera podría parecer tópica y funcional. Desde el diseño de la criatura —que está justo a la mitad entre lo infantil y el expresionismo alemán— hasta el paulatino descenso a los infiernos de sus personajes, la historia mezcla los hilos argumentales en una red perturbadora.


¿Qué sostiene actualmente al género del terror? ¿Qué permite que aún sea una reflexión sobre nuestra cultura, nuestra identidad y la incertidumbre hacia lo desconocido? Tal vez sean las mismas razones que sustentaron la propuesta por décadas, pero en nuestra época, se enfrenta además a la noción del cinismo de una cultura descreída a la que le toma un gran esfuerzo asumir el peso del miedo como parte del paisaje de su mente. Y es entonces cuando el género se convierte en ese espejo deformado desde el cual podemos analizar la oscuridad íntima, los monstruos con rostro humano y la penumbra real que se oculta bajo la radiante superficie de nuestra realidad.

 

 

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